Adrien Baptiste Morichon
6 de agosto de 2026
Estudiar un año en la Pontificia Universidad Católica de Chile fue una etapa fundamental de mi recorrido. Elegí venir a Chile por su contexto geográfico único: un territorio donde el entorno no es solo un telón de fondo, sino una presencia constante que moldea la vida cotidiana y la forma de pensar. Desde el primer […]
Estudiar un año en la Pontificia Universidad Católica de Chile fue una etapa fundamental de mi recorrido. Elegí venir a Chile por su contexto geográfico único: un territorio donde el entorno no es solo un telón de fondo, sino una presencia constante que moldea la vida cotidiana y la forma de pensar.
Desde el primer día, me atrajo ese diálogo directo entre el habitar y el paisaje. Los contrastes entre desierto y mar, ciudad y cordillera me impulsaron a entender cómo se vive y se proyecta en un país así. Cada curso que tomé en la Católica incluía visitas a terreno, lo que me permitió conectar los contenidos teóricos con experiencias reales y sensibles. Esa forma de aprendizaje, tan concreta y ligada al territorio, fue clave para mí.
Poco a poco, entre clases, viajes y encuentros, construí un ritmo de vida propio que me permitió sentirme en casa. Fuera de la universidad, me dediqué a lo que más me gusta: hacer trekking, descubrir el trabajo artesanal local y desarrollar una mirada más personal a través de la fotografía. Viajar por distintas regiones me permitió descubrir otra escala, otra relación con lo esencial.
Recuerdo especialmente mi llegada al desierto de Atacama. Por primera vez, sentí lo que era estar perdido en la inmensidad. En medio de esos paisajes silenciosos, entendí que todavía existen lugares donde la naturaleza impone su propio tiempo, donde todo parece más grande que uno mismo.
Meses después, viajé a Chiloé en pleno invierno. Me recibió la lluvia, la bruma, el calor de los hogares y la hospitalidad de quienes viven allí. Las historias contadas junto al fuego, las construcciones de madera, las leyendas del sur… todo eso dejó en mí una huella fuerte, una mezcla de inspiración, recuerdos y sensaciones que sé que me acompañarán durante muchos años.
Este año me ofreció un equilibrio valioso entre exigencia académica, descubrimiento personal y apertura al mundo. Sé que cuando me fui, no le dije adiós a la Católica. Solo fue un hasta luego.